Érase una vez la realidad.

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jueves, 14 de marzo de 2013

LA MENDIGA DE LOCARNO (Heinrich von Kleist)

En Locarno, en la Italia superior, al pie de los Alpes, se hallaba un palacio antiguo perteneciente a un marqués, y que en la actualidad, viniendo del San Gotardo, puede verse en ruinas y escombros: un palacio con grandes y espaciosas estancias, en una de las cuales antaño fue alojada por compasión, sobre un montón de paja, una vieja mujer enferma, a la que el ama de llaves encontró pidiendo limosna ante la puerta. El marqués, que al volver de la caza entró casualmente en la estancia donde solía dejar los fusiles, ordenó malhumorado a la mujer que se levantase del rincón donde estaba acurrucada y que se pusiese detrás de la estufa. La mujer, al incorporarse, resbaló con su muleta y cayó al suelo, de forma que se golpeó la espalda. A duras penas pudo levantarse y, tal como le habían ordenado, salió de la habitación, y entre ayes y lamentos se hundió y desapareció detrás de la estufa.

Muchos años después en que el marqués, debido a las guerras y a su inactividad, se encontraba en una situación precaria, un caballero florentino se dirigió a él con la intención de comprar el palacio, cuya situación le agradaba. El marqués, que tenía gran interés en que la venta se efectuase, ordenó a su esposa que alojara al huésped en la ya mencionada estancia vacía, que estaba muy bien amueblada. Pero cuál no sería la sorpresa del matrimonio cuando el caballero, a media noche, pálido y turbado, apareció jurando y perjurando que había fantasmas en la habitación y que alguien invisible se movía en un rincón de la estancia, como si estuviese sobre paja, y que se podían percibir pasos lentos y vacilantes que la atravesaban y cesaban al llegar a la estufa, entre ayes y lamentos.

El marqués quedó aterrado; sin saber por qué, se echó a reír con una risa forzada y dijo al caballero que, para mayor tranquilidad, pasaría la noche con él en la habitación. Pero el caballero suplicó que le permitiese dormir en un sillón en su alcoba, y cuando amaneció mandó ensillar, se despidió y emprendió el viaje.

Este suceso, que causó sensación, asustó mucho a los compradores, lo que incomodó extraordinariamente al marqués, tanto así que incluso entre los moradores del castillo se propagó el absurdo e incomprensible rumor de que eso sucedía en la estancia a las doce de la noche, por lo cual decidió él mismo terminar con la situación e investigar en persona la próxima noche. Así, pues, nada más empezar a atardecer, ordenó que le pusieran la cama en la susodicha estancia y permaneció sin dormir hasta la media noche. Pero cuál no sería su impresión cuando al sonar las campanadas de medianoche percibió el extraño murmullo; era como si un ser humano se levantase de la paja, que crujía, y atravesase la habitación, para desaparecer tras la estufa entre suspiros y gemidos.

A la mañana siguiente, la marquesa, cuando él apareció, le preguntó qué tal había transcurrido todo; y como él, con mirada temerosa e inquieta, después de haber cerrado la puerta, le asegurase que era cosa de fantasmas, ella se asustó como nunca se había asustado en su vida y le suplicó que antes de hacer pública la cosa volviese a someterse, y esta vez con ella, a otra prueba. Y, en efecto, la noche siguiente, acompañados de un fiel servidor, escucharon el rumor extraño y fantasmal: y sólo obligados por el intenso deseo que sentían de vender el castillo, supieron disimular ante el sirviente el espanto que les poseía, atribuyendo el suceso a motivos casuales y sin importancia alguna. Al llegar la noche del tercer día, ambos, para salir de dudas y hacer averiguaciones a fondo, latiéndoles el corazón, volvieron a subir las escaleras que les conducían a la habitación de los huéspedes, y como se encontraron al perro ante la puerta, que se había soltado de la cadena, lo llevaron consigo con la secreta intención, aunque no se lo dijeron entre sí, de entrar en la habitación acompañados de otro ser vivo.

El matrimonio, después de haber depositado dos luces sobre la mesa, la marquesa sin desvestirse, el marqués con la daga y las pistolas, que había sacado de un cajón, puestas a un lado, hacia eso de las once se tumbaron en la cama; y mientras trataban de entretenerse conversando, el perro se tumbó en medio de la habitación, acurrucado con la cabeza entre las patas. Y he aquí que justo al llegar la media noche se oyó el espantoso rumor; alguien invisible se levantó del rincón de la habitación apoyándose en unas muletas, se oyó ruido de paja, y cuando comenzó a andar: tap, tap, se despertó el perro y de pronto se levantó del suelo, enderezando las orejas, y comenzó a ladrar y a gruñir, como si alguien con paso desigual se acercase, y fue retrocediendo hacia la estufa. Al ver esto, la marquesa, con el cabello erizado, salió de la habitación, y mientras el marqués, con la daga desenvainada, gritaba: «¿Quién va?», como nadie respondiese y él se agitara como un loco furioso que trata de encontrar aire para respirar, ella mandó ensillar decidida a salir hacia la ciudad. Pero antes de que corriese hacia la puerta con algunas cosas que había recogido precipitadamente, pudo ver el castillo prendido en llamas. El marqués, preso de pánico, había cogido una vela y cansado como estaba de vivir, había prendido fuego a la habitación, toda revestida de madera. En vano la marquesa envió gente para salvar al infortunado; éste encontró una muerte horrible, y todavía hoy sus huesos, recogidos por la gente del lugar, están en el rincón de la habitación donde él ordenó a la mendiga de Locarno que se levantase.

FLEXIBLES Y DUROS (Bruno Ferrero)



El discípulo fue a visitar al maestro en el lecho de muerte.

- "Déjame en herencia un poco de tu sabiduría", le pidió.

El sabio abrió la boca y pidió al joven que se la mirara por dentro

- “¿Tengo lengua?”

- "Seguro", respondió el discípulo.

- "¿Y los dientes, tengo aún dientes?"

- "No", replicó el discípulo. "No veo los dientes."

- "¿Y sabes por qué la lengua dura más que los dientes? Porque es flexible. Los dientes, en cambio, se caen antes porque son duros e inflexibles. Así que acabas de aprender lo único que vale la pena aprender."





QUE SOY NATURALEZA (Saiz de Marco)



Va y viene.

Inquieto, oscuro insecto en techo de hospital.

Busco sentido a sus movimientos.

Acaso me escruta.

Contempla mi cuerpo.

Lo que queda de él. Tal vez le divierta.

A mí me divertía el sufrimiento ajeno.

De niño abrasaba insectos.

Arrancábamos alas y con una lupa hacíamos que el sol los quemara.

Como un pasatiempo.

No era yo el único niño.

Los demás también reían.

Apedréabamos perros, abríamos ranas, partíamos lagartijas y cada trozo de ellas se arrastraba a un lado.

Torturábamos murciélagos.

De ramas colgábamos gatos.

No era yo el único niño.

Los demás cambiaron.

Al crecer lo dejaron.

Maduraron.

Pero yo no.

Seguí gozando del dolor.

Gusto de hacer, de ver sufrir.

Crueldad que atraía.

Excitación.

Me gustaba.

Pasé a las personas.

Una sola.

Pero es mucho.

Nunca se supo y nadie me condenó.

Reniego de aquello.

Me disgusta que me gustara.

Reniego de mí.

Por eso vine a España.



Vine a España a luchar contra mí.

Su guerra era mi guerra.

España como un asidero.

Razón contra fuerza.

Libertad contra opresión.

Contrariar mis instintos, purificarme.

El Partido reclutaba jóvenes.

La Komintern enviaba voluntarios a defender la República.

No debía sustraerme.

Al alistarme hubo advertencias.

No es una huelga ni una manifestación. No se gritan consignas ni se reparten octavillas. Es una guerra, hay obuses y bombas. Allí se mata. Uno puede ir y no regresar”.

Pero otra lucha había en mí.

Vine a ganar otra guerra.

Vine a habitar el dolor. Vine a curarme.



Nos recibieron agradecidos.

No entendían por qué veníamos.

Éramos las Brigadas internacionales.

Éramos como héroes de cuento.

Alborozo, ovaciones.

Nadie sabía por qué yo aquí.



1938: dos años en España.

He visto crueldad, perversión fuera de mí.

Otros se deleitaron torturando, violando.

No participé e intenté evitarlo.

Lo logré a veces.

Simplemente hombres.

Muchos brigadistas se desencantaron.

Yo no. Yo nunca me había encantado.

Hombres simplemente.

Los milicianos luchan por la República porque son pobres y nada arriesgan.

Los rebeldes la atacan porque defienden privilegios.

Unos con la República. Otros contra ella.

Ser de unos o de otros es accidental.

Los republicanos cambiarían de bando si tuvieran riquezas, poder, propiedades.

Los sublevados serían comunistas si hubieran nacido pobres.

Los explotados serían explotadores.

Quienes reclaman justicia serían injustos.

Ya antes hubo señores y siervos.

Unos esclavizaron a otros.

Simplemente hombres. Nada más que hombres.

Lo demás es azaroso.

Acaso todos lo mismo.

Milicianos, rebeldes, insecto sin nombre.

Materia, universo.

Depravación, impulsos. Mi voluntad.

Lo que me trajo a España.



El insecto se mueve como mi memoria, como mis pensamientos.

De un lado a otro, no en línea recta.



Vi entrañas, cuerpos calcinados, heridas por donde la vida se vaciaba.

Lamento de moribundos, aquí en el hospital oigo ahora.

Otros expiraron junto a mí.

Caían granadas de noche en la trinchera.

Arriesgué mi vida en el frente, en las zanjas.

Compartí miedo, compartí dolor.

Arrinconaba así mi sadismo.

Yo ligado a otros.

Inicio de victoria.

Esfuerzo por sentirlo.

Yo venciendo a él.

Yo venciendo a eso.

Yo venciendo a mí.



Un haz de sol me calienta.

Aún siento mi cuerpo.

Pronto no lo sentiré.

Me enterrarán y seré naturaleza.

Siempre lo fui pero ahora conciliado, fundido, reencontrado con ella.



He vencido.

viernes, 22 de febrero de 2013

EL PRECURSOR DE CERVANTES (Marco Denevi)

Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas.

ESPIRAL (Enrique Ánderson Imbert)



Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

NAVE (Saiz de Marco)



Tomó Noé una pareja de cada especie

y las fue subiendo al arca.


Y mientras subían,

iba diciéndoles:


Vamos a ir a otro sitio:

a vuestro sitio.


Allí no habréis de luchar por vivir.

No tendréis que pelear por comer.

No tendréis que matar ni ser matados.


¡Mis pobrecitos!

¡Cuánto habéis sufrido en el solar de las leyes terribles,

en la sede de las hostilidades!


Donde iremos no hay hambre ni miedo.

Donde iremos no hay vejez ni dolor.

Donde iremos no hay pérdidas ni heridas.



Y cuando la nave por fin estuvo llena,

añadió:


Os llevo a vuestro verdadero sitio.


Porque la Tierra no es vuestro lugar.

Porque esta vida no se hizo para vosotros.

Porque aquí nunca fuisteis felices.


Porque también vosotros nacisteis desterrados,

exiliados en esta región.


Y porque, en fin,

vuestro reino tampoco es de este mundo.

EL SUICIDA (Enrique Ánderson Imbert)



Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.

Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.

¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.

Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.

Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.

Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.

Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.